lunes, 14 de enero de 2008
Señorita:

No soy socialista ni rojo, no se moleste usted conmigo, que no me enteré yo; deseo pedirle mil disculpas y solicito su perdón. Me llamará facha o machista, ya ve, a mí me dará igual, porque su evocación por momentos colma mi íntimo anhelo de lo femenino –casi también de lo divino-, un concepto de hembra aguerrida, justiciera, idealista, compañera. Es usted una heroína Marvel puño en alto, un pneuma, una ensoñación.

Entra usted en la contradictoria etapa en la que irá concluyendo la mocedad para ir abriéndose paso hacia los nublos de lo provecto. Ni las carnes ni las fuerzas estarán ya en su sitio; podrá conservar su belleza en el patrimonio del conocimiento y la experiencia, aunque nada pueda devolverle aquel tiempo del esplendor en la hierba y la gloria de las flores. Quiero imaginarla envuelta en una apacible serenidad, con capacidad para calibrar sus convicciones, para medir bien las distancias del desencuentro, para asegurar que su armonía exterior sea un simple reflejo de su sabiduría interna. Decía Ortega que “no hay valores absolutos ni absolutas realidades, todo puede valer absolutamente, ser absolutamente real, si es sinceramente sentido”. Y yo creo que usted lo que mantiene, realmente lo siente, lo siente fiel y apasionadamente, con ese arrebato aún juvenil, militante, en rebeldía; yo hago caso a don José, y me sumo a la realidad de usted, de valores absolutos que hoy, tras este placentero despertar, ya son tan relativos para mí.

Señorita: mi gran ignorancia y torpeza me ha llevado al extremo de argumentar con el miedo sin querer, un intento más de subyugar la opinión de la mujer al sometimiento del hombre; por eso ahora deseo callar, y escucharla glosar sobre fábricas y trabajos no cualificados, sobre Sierra Leona y la Madre Teresa de Calcuta, sobre los orígenes del mal y los franquistas, la guerra de Irak y el Derecho Homosexual. Quiero abandonarme a sus vastas y prolíficas consideraciones y dejarme ir.

Contaba Jung al observar los ácidos altercados y grescas profesionales entre Freud y Adler, que lo curioso del caso era que “ambos colegas tenían razón”. Y yo me quedo, señorita, con este recuelo, con este sustrato: ambos somos la cara de una misma moneda: amamos la vida, odiamos el dolor propio y el ajeno, y finalmente deseamos que se nos recuerde por siempre como buenas y serviciales personas. Un dios laico la bendiga.
Publicado por juan.sinmiedo @ 12:47
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